miércoles, 1 de junio de 2016

Iglesia del Espíritu Santo, 4 de abril de 2016


La vinculación histórica y emocional de la iglesia del Espíritu Santo con el Ramiro es inequívoca, por más que la puerta que da acceso a ella desde el Instituto lleve muchos años cerrada. 
Ya hemos hablado de la capilla de la Virgen en otra ocasión anterior, dejando constancia de algunos de los fuertes lazos que ligan a una y otro, pero todos sabemos que la relación con el Espíritu Santo iba, al menos en nuestro tiempo, mucho más lejos.
Tal vez por eso fue, para mí al menos, una sorpresa enterarme (no lo supe en su día) de que el funeral por don Antonio Magariños no tuvo lugar en este templo, sino en la cercana parroquia de San Agustín. Bien es cierto que se hicieron dos misas en el Espíritu Santo el día 5 de abril (a las diez de la mañana y a las ocho de la tarde), pero tanto el funeral como la conducción del cadáver tuvieron lugar al día siguiente, en y desde San Agustín.
Dado que desconozco las causas por las que así se decidió, no estoy en condiciones de enjuiciar este hecho, sino tan solo de constatar mi extrañeza.

Cuando nuestra promoción empezó a poner en marcha la idea del homenaje a don Antonio, siempre tuvimos claro que una parte fundamental del mismo debía ser un acto religioso en su memoria, celebrado en la iglesia del Espíritu Santo, la iglesia del Ramiro.
Y así fue. En la tarde del día 4 de abril de 2016, concretamente a las siete y media de la tarde, cerca de trescientas personas, en su gran mayoría antiguos discípulos suyos, nos dimos cita para recordarle y vivir una intensa hora de emociones junto a su memoria, con nuestros sentimientos desbordados.

















Son varios los compañeros que hicieron posible una celebración tan especial en el mejor marco posible para ello. Si pretendemos mencionar a todos, nos dejaremos a más de uno en el tintero, pero es imprescindible nombrar, al menos, a quienes más han contribuido a materializarla. 
El primero a quien tenemos que hacer referencia es a Francisco Brändle, quien, junto a un compañero del 59, Emilio García, ofició la misa, haciendo gala de una mezcla perfecta de solemnidad y cercanía, a la que no fueron ajenos los varios compañeros, de diferentes promociones, que fueron interviniendo sucesivamente y cuyos nombres podemos ver el el programa que aquí reproducimos, realizado por Manolo Tena.
















La labor de Javier Mendoza fue fundamental, organizando todos los detalles y pormenores, entre los que merece especial mención la magnífica intervención del coro Aldebarán, al que él mismo pertenece, junto a otros compañeros. 
Y tampoco podemos olvidar a Manolo Cociña, cuya gestión con el rector del Espíritu Santo, Ángel Gómez-Hortigüela, resultó decisiva. Justo es reseñar aquí la cariñosa acogida que el rector nos dispensó desde el primer momento, consiguiendo que, verdaderamente, nos sintiésemos en nuestra casa y nos llegase a parecer que el tiempo no había transcurrido para nosotros entre aquellos muros.














A todos los demás que han participado y han hecho posible esta celebración, nuestra infinita gratitud por su generosa ayuda, que sabemos ha sido de corazón. 

Esa tarde, la iglesia del Espíritu Santo parecía más luminosa que nunca; su nave, más alta; los frescos de Stolz, más brillantes; y las esculturas de Adsuara, más bellas. Era como si Miguel Fisac hubiese dado orden de dejarla como nueva, tal como estaba aquel ya lejano 12 de octubre de 1946, día en el que fue inaugurada.














Y el órgano sonaba, como si estuviera frente a su teclado el padre Ignacio, a quien en esta ocasión ayudaban las expertas manos de la excelente organista y soprano Celia Alcedo... mientras su voz alternaba con las del coro Aldebarán, ilustrando musicalmente una tarde que nunca olvidaremos quienes tuvimos la suerte de asistir. A los que no pudieron venir, les sentimos allí, a nuestro lado. Sabemos que muchos estuvieron con nosotros y, sobre todo con don Antonio, desde la distancia. La intensa lluvia de la mañana, en el cementerio había remitido. Ya no era tiempo de lágrimas de tristeza, sino solo de esas otras provocadas por la intensa emoción. Y no faltaron, desde luego.

Todos los compañeros que hablaron lo hicieron al lado de las mismas flores que, unas  horas antes, habían estado sobre la tumba de don Antonio, que ahora reposaban al pie del impresionante atril del águila dorada de San Juan. Brändle nos lo recordó, muy oportunamente, y fue una forma simbólica de tener a nuestro maestro junto a nosotros.

La música jugó, como ya hemos dicho, un papel fundamental. No nos es posible incluir aquí el bello repertorio con el que Aldebarán y Alcedo nos obsequiaron, pero baste decir que sus voces cubrieron de emoción y solemnidad la ceremonia. Como ejemplo, recordamos el Ave María de Schubert, cantado por Celia Alcedo en el ofertorio, y reproducido en este vídeo en la versión de la gran soprano americana Barbara Bonney, que nos sirve como nexo de unión para presentar unas cuantas imágenes vividas en la tarde del 4 de abril de 2016:


Ya somos todos mayores (mucho mayores) que don Antonio, pero él continúa siendo nuestro maestro y, estando cerca de él, como lo estuvimos aquella tarde de abril, seguimos sintiéndonos eternamente niños.

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