martes, 25 de abril de 2017

Otro cuatro de abril

A la velocidad que vuela el tiempo, no es de extrañar que el mes de abril nos haya llegado de improviso, cogiéndonos por sorpresa y sin darnos la oportunidad de comprender que este año no es el pasado.
El día cuatro amaneció brillante, caluroso, soleado, como queriéndonos sugerir que lo sucedido hace doce meses no fue una casualidad meteorológica, sino una señal inequívoca de que no estábamos recordando una fecha cualquiera.

El día del cincuenta aniversario del fallecimiento de don Antonio llovió mucho, más que en todo lo que llevamos de año en 2017. Tengo la absoluta seguridad de que a ninguno de los que estuvimos esa inclemente mañana acompañando a nuestro maestro, se nos borrará ese recuerdo.
(Pinchar aquí para ver el vídeo 'In Memoriam')
Sin embargo, este nuevo cuatro de abril madrileño nos regaló luz y calor. Y, pese a que, como decía William James, la principal función de la memoria es el olvido, yo no podía quitarme de la cabeza (bien es cierto que tampoco quería hacerlo) unos pensamientos que seguían deambulando por los mismos derroteros que lo hacían un año atrás. Así que fui a visitar a don Antonio.


El cementerio de la Almudena estaba desierto. Algo que, por algún extraño motivo, me pareció contradictorio con el casi veraniego calor de la mañana y, sobre todo, con el intenso azul del cielo que protegía a cuantos allí descansaban. Desde luego, era una apreciación un tanto absurda por mi parte, pero era la sensación que, sin una razón lógica que la sustentase, me invadía en ese momento.


La sepultura seguía casi tan blanca e impoluta como había quedado tras su restauración. Yo diría que algo mejor, incluso, al haber empezado a adquirir una tenue pátina que matizaba la piedra de la lápida.
Aquella soledad me gustó, aunque bien es cierto que me hizo pensar mucho.

Sentado junto a la tumba de don Antonio, releí 'El sueño de Escipión' (en español, que mi latín no es ya capaz de superar tal empresa), y lo consideré, una vez más, muy apropiado para servir de colofón a 'La República'.  Dicen que 'El Africano' se aparece en él a su descendiente para revelarle el verdadero lugar de la gloria. Sin duda, don Antonio conocía bien ese lugar, en el que su espíritu ha quedado instalado para siempre.

Transcribo aquí su último párrafo:

"Ejercita tú el alma en lo mejor, y es lo mejor los desvelos por la salvación de la patria, movida y adiestrada por los cuales, el alma volará más velozmente a esta su sede y propia mansión; y lo hará con mayor ligereza, si, encerrada en el cuerpo, se eleva más alto, y, contemplando lo exterior, se abstrae lo más posible del cuerpo. En cambio, las almas de los que se dieron a los placeres corporales haciéndose como servidores de éstos violando el derecho divino y humano por el impulso de los instintos dóciles a los placeres, andarán vagando alrededor de la misma Tierra, cuando se liberen de sus cuerpos, y no podrán regresar a este lugar sino tras muchos siglos de tormento".

El Africano se marchó, y yo me desperté del sueño.

No es nada raro que, mientras lo leía, me diera la impresión de estar escuchando la voz de don Antonio.
Al marcharme, ya cerca del mediodía, dejé una ramita florida de romero sobre su nombre y caminé un buen rato por las calles y cuarteles de esa parte tan bonita del gran cementerio madrileño en el que reposa, bien custodiado por grandes cipreses vigilantes, siempre pendientes de él y atentos a sus órdenes.









Don Antonio se acuerda mucho de todos nosotros. 
Y no me cabe duda de que, verdaderamente, descansa en paz.







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